Hace un par de días volví a sacar cuentas. En poco más de un año, me cargué más de doscientas vidas. Se me pone la piel de gallina de sólo pensarlo.
Paren, paren. No salgan corriendo a llamar a Interpol o a pedir mi cabeza al grito de ¡asesina!. Tuve que hacerlo en nombre de la ciencia. Y que yo sepa, todavía a nadie se le ocurrió penalizar los crímenes de lesa ratonidad.
Aunque no son más que ratones, aunque en muchos lados son plaga y se los combate, cada una de esas doscientas víctimas pesa en mi conciencia. A veces imagino que cuando abandone este mundo y vaya adonde sea que vaya, ellos van a estar esperándome para cobrársela. Es como mi pesadilla recurrente...
Hoy volvía del laburo (sí, tuve que volver) y pensaba en todo esto. Pero aparté por un instante a los roedores de mi mente y -no se por qué- me puse a pensar en los humanos. Y particularmente en ciertas humanidades que tengo que bancarme diariamente. Y me quedó clarísimo que no tengo que preocuparme por el más allá. Ciertas cuentas se pagan en vida...