jueves, 28 de mayo de 2009

El oráculo


¿Creen en las predicciones astrológicas? Yo no sé si creo, pero al igual que tanta otra gente leo mi horóscopo con bastante regularidad. El de hoy decía algo más o menos así:

“Esta vez, las ciencias ocultas te van a beneficiar. Intenta desarrollar los poderes parapsicológicos que en verdad posees. Este será el momento adecuado para cambiar tu estilo o moverte.”

¿Ocultismo? ¿Poderes parapsicológicos? Son boludeces, pensarán ustedes... Pero resulta que anoche, presa de un impulso, saqué aquella foto que tenía en el cajón de la mesa de luz, la llené de alfileres y la volví a meter en el freezer.

Me pregunto si será casual. La foto sigue ahí. Y debo confesar que hoy, una parte de mí desea creer en los oráculos...

miércoles, 27 de mayo de 2009

Los tulipanes


No tengo plantas en casa. Hay que regarlas, dedicarles tiempo, controlar que reciban luz suficiente y todas esas cosas. Y bastante trabajo me da a veces cuidar de mi misma como para hacerme cargo de otro ser vivo. Pero desde que llegó la primavera me gusta comprar flores. Casi siempre tulipanes rojos, amarillos o naranjas. Que combinen con el tono de los sillones; porque sí, soy un poquito obse. En fin, empiezo a irme de tema.

La cosa es que el lunes compré un ramito en el puesto de flores que está a la salida del trabajo. Naranja, con los bordes de los pétalos en amarillo. Como siempre, los puse en la repisa acompañando a las fotos más lindas que tengo: de mis sobrinos, mis amigos, mi familia.

El lunes, los compré el lunes. Y ayer, después de ver el cielo oscurecerse de repente, de entender cómo un día puede cambiar en un segundo, de experimentar en carne propia que la energía de una única persona basta para cagarte una existencia que transcurría de manera (casi) feliz... Después de todo eso, vuelvo a casa. Y los tulipanes anaranjados ya se marchitaron.

martes, 26 de mayo de 2009

Frente de tormenta

Hoy la ciudad amaneció primaveral y soleada. Bah, al menos así estaba cuando me levanté, poco después de las ocho. Pese al madrugón, la rutina de comprar el capuccino en la panadería y caminar hasta el trabajo escuchando música no se me hacía nada terrible. La mañana pasó entre repetir un experimento de hace unos días y compartir un café y un rato al sol con mis compañeras. Todo bien, todo normal, hasta incluso agradable.

De golpe, cerca de las dos de la tarde, estoy en la oficina y a través de las persianas veo cómo el cielo se vuelve negro. Y lo supe. Fue simbólico. Supe que el día no iba a terminar bien. Poco tiempo después, entra Ella con su valijita, recién llegada del aeropuerto. Y no hace más que confirmarme lo que yo ya sabía.

¿Qué les puedo contar de Ella? Ella vivió más de siete años acá y –aún siendo extranjera- consiguió un par de cosas. Éxito profesional, principalmente. Hoy Ella vive en otro país, donde encontró amor, pero es una simple empleada. Y ya sabemos que hay gente que no entiende que elegir también implica descartar. Entonces, Ella deja su vida en áquel país para venir a éste todos los meses a jugar a que todavía tiene ese lugar que tanto le costó conseguir. Ella tal vez supone que el correo electrónico y tres días de visita por mes bastan para mantener su castillo de naipes en pie. Tal vez tenga razón. Pero a veces parece que Ella se olvida que hay gente de por medio sosteniendo las cartas.

Gente como yo, por ejemplo. Se olvida y no para de descalificarme. No importa cuánto me esfuerce, no importa lo que haga, siempre va a tener algo para reprocharme. Nunca es suficiente. Si hago diez cosas bien y una mal, ésa es la única que cuenta. Nunca conocí a nadie con mayor capacidad para sacar lo peor de mí. Ella es el común denominador de mis peores recuerdos del año pasado. Ella es mi jefa. .