Quedamos en encontrarnos a comer con las chicas. ¿El lugar? Rarísimo, parecía unos de esos salones donde se juntan los vitalicios de algún club de barrio. Había arreglado con Su para ir juntas, pero me retrasé y nunca llegué al punto de encuentro. Me subo al colectivo y suena el celu: es ella, que me avisa que también se le hizo tarde. –Nos vemos directamente allá- me dice –los nenes ya están con las chicas-. (¿Los nenes? Mati, sí, ¿pero hay otros?) Me cuelgo pensando en el inquietante plural, hasta que el paisaje tras los vidrios del bondi se torna desconocido.
Me bajo rápido en algún punto algo familiar entre Lanús y Remedios de Escalada y aparece una remisería salvadora. El remisero es de estos viejos que te dan charla. El tipo sube un poco el volumen de la radio, yo canto bajito el estribillo. Me sigue hablando de nada. Me convida un cigarrillo, fumamos la misma marca. Cuando por fin llegamos a destino me cobra diez pesos por el viaje, pero me regala el atado y una bandeja de frutillas (!).
Todavía algo confundida, entro al salón. M., A. y Ce me preguntan qué pasó y no sé muy bien por dónde empezar. -¡Qué bueno verlas! ¿Les avisó Su que se le hizo tarde?- Acomodo las cosas en la mesa y Ce mira extrañadísima la bandeja de frutillas. Y yo miro extrañadísima a esas dos criaturas. Mati está en una sillita, nos hacemos morisquetas y está igual que como lo ví en fotos. Y M. tiene en brazos a la hermanita melliza (?). Es una muñeca, con su pelito negro y sus cachetes rosaditos... Y sus piecitos feos, muy feos, con todos los deditos chuecos.
Finalmente llega Su y vamos a la cocina a preparar unos tragos. Una mulatita de unos quince años, llena de rulitos, se acerca muy simpática y se presenta: soy la nieta de Su, ¿cómo estás abuela?. No entiendo nada y no sé si reírme o matarla por llamarme abuela sólo por ser amiga de la suya. Parezco ser la única que no entiende, mientras Su se empeña en explicarme cómo por cuestiones de parentezcos y adopciones y no sé qué otros rollos legales tiene una nieta. En un momento, quedamos Ce y yo solas en la cocina. –Che, G. no sabés... Cuando estuviste en casa, con mi vieja tuvimos que desarmar todo el colchón de tu cama.- me cuenta. –De la cama dónde dormiste, tuviste una pérdida o algo- Perpleja, imaginando la cara y las puteadas de la madre de Ce, abrí los ojos...
Cuatro de la mañana. El sueño más raro que recuerdo haber tenido.
1 comentario:
Hasta ahora tengo:
02 Niño
04 La cama
18 Sangre
52 Madre e hijo
74 Gente negra
y si contamos la canción de fondo en el remis,
87 Piojos
si quisiera jugarle a la quiniela, estoy al horno!!!
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