sábado, 19 de septiembre de 2009

Mi condena


Hace un par de días volví a sacar cuentas. En poco más de un año, me cargué más de doscientas vidas. Se me pone la piel de gallina de sólo pensarlo.

Paren, paren. No salgan corriendo a llamar a Interpol o a pedir mi cabeza al grito de ¡asesina!. Tuve que hacerlo en nombre de la ciencia. Y que yo sepa, todavía a nadie se le ocurrió penalizar los crímenes de lesa ratonidad.

Aunque no son más que ratones, aunque en muchos lados son plaga y se los combate, cada una de esas doscientas víctimas pesa en mi conciencia. A veces imagino que cuando abandone este mundo y vaya adonde sea que vaya, ellos van a estar esperándome para cobrársela. Es como mi pesadilla recurrente...

Hoy volvía del laburo (sí, tuve que volver) y pensaba en todo esto. Pero aparté por un instante a los roedores de mi mente y -no se por qué- me puse a pensar en los humanos. Y particularmente en ciertas humanidades que tengo que bancarme diariamente. Y me quedó clarísimo que no tengo que preocuparme por el más allá. Ciertas cuentas se pagan en vida...

4 comentarios:

Duvi dijo...

En donde vivís??!?!?

Tararira dijo...

muy buena conclusion

*G. dijo...

Santiago: Vivo lejos, muy lejos como dice por ahí. No lo voy a decir abiertamente porque alguna gente podría atar cabos y ooops! (era paranoica, la piba). Es una capital del viejo continente, donde no se habla español ni inglés, donde hay muchos turcos (casi más que en Turquía) y donde un kilo de yerba es difícil de conseguir y cuesta más de seis euros!

Tararira: no sé si es buena, pero me parece aplicable a muchos ámbitos/situaciones.. Gracias por venir!

*G. dijo...

Ah, me olvidaba! Tampoco revelo la ciudad porque aunque no me busque Interpol, Greenpeace ha escrachado gente por muchísimo menos que lo que acabo de confesar. Sería lo último que me falta...