Hace semanas que estoy muy poco tolerante. No tengo ganas de interactuar con gente diferente, que no me estimula, que no maneja los mismos códigos que yo. Para ser sincera, casi no tengo ganas de interactuar con gente. Entonces cuando me enteré que mi amiga Em cruzaba el charco y necesitaba alojamiento por tres días, ofrecí mi depto con inusual reticencia. Pensé que tal vez no me viniera mal un poco de compañía, pero no me convencía del todo la idea de compartir mi territorio y verme "forzada" a salir de mi retiro espiritual voluntario.
Sorpresivamente, todo resultó bastante bien. Lo primero que descubrí en estos días es que extrañaba bastante a Em. O que extrañaba poder hablar con alguien que no necesita un diccionario para entenderme. Hablamos de ciencia, de mi Ella y sus Ellas, de afectos, de hombres, del presente, del pasado y del maldito futuro. No me aburrí ni un minuto.
Recordé también que la improvisación -algo tan faltante por estos lares- hace milagros. Que la falta de plan es casi siempre el mejor plan. Así fue que a eso de la 1:00 a.m. caímos medio sin ganas en esa fiesta de cumpleaños que empezaba a eso de las 22:00 del día anterior, para terminar quedándonos hasta el final compartiendo una cerveza que "Diosito sabe porqué" nos regaló.
El sábado, mientras pasábamos la tarde viendo desfilar personajes en el CSD, me dí cuenta cómo una misma situación, un mismo escenario, puede resultar totalmente diferente según con quién se comparta...
Y hoy, mientras vuelvo al retiro voluntario para reponerme de un fin de semana sin despertador, estoy contenta de haberme dejado invadir la casa para encontrarme con tantas revelaciones...
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