Acabo de dejar a mi amiga Ch. en la Estación Central. Me bancó un montón durante los últimos días y ahora no sé cuándo voy a volver a verla. Así que, otra vez, me encontré en pleno ritual de lagrimear en andenes o terminales de aeropuerto.
No sé muy bien cómo, pero desafortunadamente Ch. tiene la puntería de encontrarme siempre en esos momentos en que siento que no para de lloverme mierda del cielo. Me pregunto si alguna vez podré contarle que mi vida transcurre de manera normal...
Hace unos días les conté sobre Ella. Pero todavía no hablé nunca de La otra, porque hasta ahora pensé que era un personaje secundario en esta historieta. Ya les conté que Ella no para de descalificarme, pero no especifiqué mucho acerca de su modus operandi. Y resulta que uno de los "instrumentos" que usa es, precisamente, a La otra. Hace meses que tengo que escuchar cómo La otra es fantástica y cómo yo hago todo mal, cómo mi trabajo avanza solamente porque está La otra formando equipo conmigo, bla bla bla y más bla.
La otra y yo sabemos que eso no es así. Hasta ahora, La otra fue testigo de innumerables comentarios de ese tipo y se limitó a escucharme y contenerme cuando Ella vuelve a su país. O sea: me reconoce cuánto la ayudo y que las descalificaciones que recibo son injustas, pero no hace nada por salirse del pedestal en que la pusieron. Para mí eso estaba bien, porque siempre creí que era un mambo de Ella y que La otra no tenía la culpa de haber sido tomada como instrumento de maltrato psicológico.
Pero esta semana, La otra mostró la hilacha. Pretende llevarse el crédito por un trabajo que -encima lo reconoce- no le corresponde. Y dice que si yo me mantengo en mi posición de reclamar lo que es justo, planea plantear su desacuerdo durante la próxima visita de Ella. Creo que ni hace falta que diga quién lleva las de perder en esa situación.
Así están las cosas. Hace dos días que La otra no me dirige la palabra.
Y como tantas otras veces, mamá tenía razón...
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